domingo, 9 de marzo de 2014

Ponerse bajomedieval en el vigésimo de febrero

Es probable que muchos de vosotros desconozcáis lo que aconteció en la noble villa de Teruel el año de Nuestro Señor de 1217, los amores trágicos entre Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura.

Mas no quiero aburrir al lector relatando hechos que muchos grandes escritores antes que yo ya narraron. Remito pues al curioso a los versos de Tirso de Molina o de Juan Eugenio Hartzenbusch para dar cuenta de la historia.


Imagen obtenida del reportaje monográfico Conjunto Amantes de Teruel,
http://www.unaventanadesdemadrid.com/amantes-de-teruel.html

Lo que nos atañe en realidad es lo que acaece en esta ciudad todos los años en febrero desde hace más de tres lustros, y que gracias a la invitación de una buena amiga he tenido ocasión de disfrutar recientemente, pues del 20 al 23 se han celebrado Las Bodas de Isabel de Segura, popularmente conocidas como "Los Medievales". Unas fiestas pensadas para honrar la memoria de Los Amantes, pero que ampliando miras, también sirven para fomentar el turismo y el comercio, y generar beneficios y publicidad a la par que lograr que la gente se divierta de un modo distinto. Porque el boca a boca funciona muy bien.



No se trata sólo de un mercadillo medieval, o de organizar representaciones teatrales de los momentos centrales de la tragedia convirtiendo edificios emblemáticos en escenarios al aire libre, sino de animar a los participantes a sumergirse en un periodo con bastantes más sombras que luces, pero que si se idealiza (recurso que ya explotaron los románticos decimonónicos), llega a ser evocadoramente hermoso. Por lo que, aunque no es obligatorio, la gran mayoría de asistentes opta por disfrazarse. Y yo lo agradecí sumamente, porque siempre place cambiar de aires y de costumbres, aunque sea sólo durante unos pocos días.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ponerse decimonónico en las calendas de Noviembre

Tras una semana (allá por el mes de octubre) en la que, incitada por una conversación con buenas amigas, se me antojó montarme mi propio ciclo de películas basadas en novelas de finales del periodo georgiano y de la incipiente época victoriana escritas por mujeres (entre nosotros, Jane Austen y las hermanas Brontë), no pude sino suspirar sin saber muy bien cuál sería la próxima después de semejante maratón de cine.

Ya me ocurrió con "Orgullo y Prejuicio" hace ya ocho años (¿tanto?) en que estuve días sin querer ver ninguna otra película hasta que su efecto se hubo desvanecido. El tiempo pasaba y ninguna me llamaba la atención; y aquéllas que finalmente vi no me dejaron ningún poso: todas insulsas, fútiles y prescindibles.

Como decía, esta semana corría el peligro de repetir idéntico decaimiento, cuando a la sazón mi hermana me recordó que, para el largo finde de Todos los Santos, habíamos reservado una pernocta en Soria meses ha.

"Soria.
El Monte de las Ánimas", me dije.
Fue algo inmediato, no tuve que pararme a pensar. Esa percepción se clavó certera en mi cerebro nada más escuchar el nombre de la ciudad.


Ya no necesité buscar más películas que visionar, conocedora como lo era de que en Soria, en las calendas de Noviembre, tiene lugar desde hace unos cuantos años la lectura teatralizada de la popular leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, considerada por muchos el mejor cuento de terror en castellano. Mis ansias de siglo XIX, de Romanticismo y novela gótica se veían gratamente complacidas con la perspectiva de poder asistir a tal evento.


jueves, 18 de abril de 2013

La última vez que veo un tango en París

Esta semana, que me ha resultado sumamente tediosa, probé a atenuar el hastío viendo películas que tenía desde hace tiempo en mi lista.

Algunas relativamente recientes y lacrimógenas, otras no tanto; otras ya muy vistas pero que me apetecía volver a ver; otras de las que es mejor que no comente títulos por aquí para no agraviar la reputación de persona entendida en Cine que tanto me ha costado labrar, y una que me vi ayer en V.O.S. precisamente por el enorme compromiso que supone mantener dicha reputación.
Último tango en París.


Lo cierto es que en el minuto 10 ya sabía que no me iba a gustar, que se me iba a hacer eterna, y que me iba a obligar a terminarla porque soy así de masoca. Sólo por el placer de tacharla (apretando con fuerza el boli)

La anoté hace muchos años, precisamente por el título, sin saber absolutamente nada del argumento ni del tipo de película que era.

Mi problema es que tiendo a incluir en mi lista prácticamente toda película que lleve en su título “París” o “Roma” o lugares por el estilo. Así me pasó con “La última vez que vi París”, que no es que sea de mis favoritas, pero que me gustó más de lo que me esperaba ya que antes de verla no me habían hablado muy bien de ella, y claro, yendo predispuesta a ver algo mediocre tirando a malo, es fácil llevarme una grata sorpresa cuando el producto resultante no es de tan mala calidad como las expectativas me hacían creer.


martes, 23 de octubre de 2012

Nelumbos del Norte

Llevo unas cuantas noches leyendo un libro de portada desafortunada, a lo Ágata Ruiz de la Prada, que me regalaron mis amigas hace ¿6 ó 7 años? "99 Poemas de Amor" se llama. Y la horrenda tapa me había disuadido hasta entonces de empezarlo (por el qué dirán en el metro, no por otra cosa. Sí; a veces me permito ser así de superficial)


No me digáis que no tiene delito el diseño.

El caso es que pusieron en Antena3 una película malísima (de la que no diré título, por el qué diréis) pero que me dio la idea de desempolvar ese regalo y de leer un par de poemas por noche antes de dormir.

Quizás no recordéis la entrada que publiqué hace ya bastante tiempo sobre la reacción psicosomática que me producía leer las "Coplas a la Muerte de su Padre", de Jorge Manrique.

A mí me vino anoche a la mente, cuando sentí de nuevo esa sensación, mientras leía "Sonatina", de Rubén Darío, incluida en mi libro de mesilla. Ya sabéis, la de "La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?"

domingo, 2 de septiembre de 2012

Inspiración y cappuccino

Lo he vuelto a hacer.

He vuelto a caer en un libro que ya me he leído incontables veces. Pero tengo una explicación, necesitaba empaparme de su estilo.

Hace un mes, mientras tomaba un cappuccino de sobre que tenía de cappuccino sólo el nombre, leí la noticia de un certamen literario de estilo libre pero con la circunscripción de que figurasen Paisajes de la Celtiberia. No me presentaba a un certamen desde aquél promovido por el Museo del Romanticismo y, ahora que tenía algo más de tiempo, decidí arriesgarme.

El caso es que me costó poco tiempo definir la línea argumental que quería, pero buscaba que el estilo narrativo fuera acorde, con reminiscencias de buenas novelas enmarcadas en la Arqueología. Enseguida pensé en dos posibles candidatas para que me inspirasen en la gestación de mi relato: "Quimaira" (de la que ya comenté algo en una entrada anterior) y "El Último Catón".


Me decanté por la segunda. Sólo necesitaba leer unas cuantas páginas para impregnarme de los giros y formas que precisaba, pero al final he sucumbido. Y ya entregado mi relato para concursar, sigo leyéndola sin que vea visos de dejarla.


lunes, 16 de julio de 2012

Impulsos

Acabo de ver el avance (entendiéndose avance por tráiler, que parece que hay que "traducirlo" todo) en V.O. de "El Gran Gatsby" y me ha gustado la estética y la extraña (que no novedosa, recordemos la "María Antonieta" de Sofia Coppola) sensación que transmite escuchar una Banda Sonora contemporánea viendo imágenes que recrean unos idílicos y coloristas años 20. Aunque no sé si es porque la historia es lo suficientemente conocida en Estados Unidos, o porque ya existe una adaptación de 1974, pero el tráiler no me aclara mucho sobre la trama.


Y he sentido un impulso irrefrenable de dejar lo que estoy leyendo ahora y coger el libro que lleva lustros acumulando polvo en una de mis estanterías; una vieja edición encuadernada en piel y letras doradas grabadas en el tejuelo superior del lomo: "El Gran Gatsby", F. Scott Fitzgerald.

miércoles, 11 de julio de 2012

Grutescos

Lo confieso. Me gusta demasiado el lenguaje florido, y agradezco sumamente que el castellano se preste a ello. Sí, sé perfectamente que muchos de nuestros grandes escritores y poetas eran más puros y declarados, escribían sin circunloquios ni florituras, basándose en la sencillez, que no simplicidad, del lenguaje. Y también me gustan.

Pero no sé por qué motivo prefiero el barroquismo a la hora de redactar. Es algo que hago desde niña, ni me lo planteo. Es más, me cuesta un esfuerzo ímprobo intentar escribir llanamente.


Quizás me influyó demasiado en su momento el Príncipe de las Tinieblas con su "Soledades", y no, no estoy hablando del ángel caído ni de Ozzy Osbourne, sino de Góngora y su famoso periodo de oscurantismo e ininteligibilidad.


Luis de Góngora y Argote

lunes, 2 de julio de 2012

Docere et Delectare

Lo puedo explicar. No es que haya estado tres meses sin leer un libro, sino que los dos libros que he leído eran tan técnicos y especializados que dedicarles una entrada me habría resultado tedioso hasta a mí. Me ahogaba en un mar de terminología.

Ahora estoy con una verdadera obra de arte de la Literatura patria que llevaba demorando demasiado tiempo: "El Conde Lucanor", versión castellano antiguo. Título completo: "Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio", para ser más exactos.


Y me vais a permitir que me contagie de él en lo que a estilo se refiere (no completamente, porque si no, la entrada iba a ser un tanto enrevesada y tampoco quiero que os durmáis)


Infante Don Juan Manuel

lunes, 19 de marzo de 2012

El tiempo entre lecturas

Es verdad que llevo tiempo sin publicar nada, aunque no sé si disculparme por ello. No ha sido por dejadez (bueno, quizás un poco) Lo cierto es que he estado bastante ocupada, pero no tanto como para no haber leído nada en estos dos meses sin escribir.

De hecho, mi lectura empezó casi por compromiso, pues el libro en cuestión me lo habían prestado y me sentía en la obligación de no demorarme en devolverlo. Y un día que tenía cita médica, sabiendo que se iba a alargar, fui previsora y lo cogí.


Por si acaso alguno no lo ha descubierto ya por la semejanza del título de la entrada, el libro era "El tiempo entre costuras" de María Dueñas.


El comienzo prometía, una lectura ágil y fluida, con cierto atractivo que enganchaba, situada en un pasado lo suficientemente reciente como para no caer en los recursos del manido género de novelas históricas en los que indefectiblemente los personajes tienden a tener una mentalidad anacrónica sospechosamente parecida a la actual. Pero heme aquí que a partir del segundo capítulo surgió un escollo: la protagonista empezó a comportarse a mi parecer como una estúpida, alguien incapaz de utilizar la cabeza para algo más que para pasear el pelo, y ese tipo de personajes no los llevo muy bien.


viernes, 6 de enero de 2012

Samarkanda

En realidad en castellano se escribe Samarcanda, pero creo que con "k" es más exótico.

Estos días atrás iba y venía este topónimo en mi cabeza. Intentaba acordarme de cuándo fue la primera vez que lo escuché o leí. Fue en primaria, en una clase de inglés un tanto laxa por la proximidad de unas vacaciones (¿Navidad? ¿Semana Santa? ¿verano? no lo recuerdo)

El caso es que nuestra profesora nos repartió a todos unas fotocopias en blanco y negro de mala calidad con un texto en inglés; ya sabéis, los típicos sacados de algún libro bueno que el colegio finalmente había desechado en pos de otro peor pero casi regalado por una editorial que conociera la "dire".

Se titulaba "Appointment in Samarkanda" e iba ilustrado por un dibujo que había salido demasiado oscuro, pero en el que pude apreciar dos personajes en primer plano con edificios de fondo que tenían un aire a los de Ágraba, del Aladdín de Disney. De uno de los monigotes no me acuerdo absolutamente, pero el otro se me antojó al primer vistazo un ninja: completamente vestido de negro y con una braga (entiéndase por braga la 3ª definición que le da al uso la RAE) en la cabeza que le cubría todo menos los ojos.

Luego, a medida que descifraba el texto (he de reconocer que, por aquel entonces, mi nivel de inglés era limitado cuando no escaso) descubrí que en realidad no era un ninja (que pillaban un poco lejos de aquella ciudad otrora persa, ahora uzbeka) sino que pretendía representar la personificación de la Muerte para los árabes (que vaya usted a saber si es o no cierto viniendo de un student's book pre-intermediate)

miércoles, 4 de enero de 2012

Sugestión

Hace unas cuantas entradas os comentaba que, de vez en cuando, retomaba contados libros. Pues es el caso. He vuelto a coger "El Club Dumas" y me ha enganchado como las otras cuatro veces que me lo he leído. De hecho, como me lo releo espaciado en el tiempo, me asombra cómo soy capaz de olvidar detalles importantes de la trama, y por lo tanto sorprenderme nuevamente con ellos. Como si fuera la primera vez.


Por eso me encanta; por eso y porque este libro en concreto contiene una importante e interesante "base de datos" de lectura: aporta un buen número de títulos clásicos a los que echar mano en caso de duda existencial frente a las estanterías de la biblioteca cuando no se sabe muy bien cuál coger.

Pero el aspecto que más me atrae del libro es, como no, el misterio. Y no me refiero a misterio como a sinónimo de intriga, que también, sino como a sinónimo de arcano. Lo mejor de todo es que el autor (y por tanto el protagonista) es un descreído en este campo. Se afana en aclarar y argumentar que nada de carácter preternatural tiene cabida en una mente racional... y a pesar de ello, introduce al lector poco a poco y sin remedio en un ambiente siniestro de hechos poco explicables.

martes, 3 de enero de 2012

Fragmentos

¿No os ha pasado alguna vez que sentís un impulso irrefrenable de volver a leer una parte de un libro?
No el libro entero, sino un capítulo concreto, un párrafo, un soneto...

Últimamente me ocurre muy a menudo. Me hablan de un viaje en tren y me apetece leer un capítulo de El Club Dumas que transcurre en un coche-cama. Echo un vistazo a un artículo sobre un descubrimiento arqueológico en Italia y se me antoja releerme el inicio de Quimaira, de Valerio Massimo Manfredi. Tengo que examinarme de una prueba oficial de inglés y me entran ganas de ojear un "bookworm" sobre Drácula de Bram Stoker...

Pero sólo eso, un fragmento. Busco disfrutar, saborear figuradamente esas páginas contadas, dónde sé que satisfaré mi deseo, pero sin necesidad de sumergirme por completo en la trama.
Se trata de algo superficial e inmediato. Y a otra cosa.

También me sucede con las películas, sólo me vaga ver una determinada escena. No necesito hacer palomitas, ni servirme un refresco, ni demás parafernalias. Sólo buscar el momento exacto en que esa secuencia empieza y verla una vez, dos, las que me dé la gana.

Me seduce no estar supeditada a la obligación preconcebida de empezar algo por el principio y tener que terminarlo.

En ocasiones, me apetece escribir una entrada corta en el blog, sin preocuparme por ilustrarla con alguna imagen. Únicamente comentar un pensamiento pasajero.


A veces es mejor una pequeña dosis de placer que acabar saciada.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Disparando a Larra

Tras casi un mes sin publicar, he de seros sincera, la convalecencia no es que me haya permitido hacer gran cosa; pero sí hubo una que merece especial mención.
Hace un tiempo participé en un concurso de microrrelatos promovido por el Museo del Romanticismo, y como premio, organizaron una visita guiada privada a puerta cerrada.
La actividad del museo desde que reabrieron (tras casi 8 años de rehabilitación) se ha ampliado con una oferta muy variada: desde talleres infantiles hasta conciertos de música clásica y pop, incluyendo la celebración de la Semana Gótica de Madrid, tertulias en su café y exposiciones temporales.
Ya había estado en el museo a finales del verano, pero esta vez me envolvió una sensación distinta, más decimonónica: una mezcla entre "Cuento de Navidad" de Charles Dickens y "El Estudiante de Salamanca" de José de Espronceda. Sí, algo extraño.
El guía detalló cada estancia, contó anécdotas desconocidas de muchos objetos y de sus propietarios mientras se escuchaba a una soprano cantar en el salón de baile junto al arpa.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Escape

¿Alguna vez os ha ocurrido que no tenéis ánimos para leer ningún libro?

Llevo casi dos semanas desde que me terminé el último, El asombroso viaje de Pomponio Flato, y no me ha dado por coger ningún otro. Es como si me hubiese saturado de libros en lo que llevo de año y necesitara hacer un descanso, alejarme de toda palabra escrita que ocupe más de 200 páginas.

Me resulta curioso, cuando no preocupante, puesto que tengo una lista de libros pendientes que me acucia día tras día. Pero cuando me acerco de nuevo a las estanterías cuajadas de libros que hay en mi casa, instintivamente se me va la mano detrás de algunos que ya he leído hace relativamente poco, dos años a lo sumo. Entonces me digo que para volverlos a abrir, prefiero no leer y así escucho música.

 
De modo que me encuentro a mí misma haciendo algo insólito para lo que acostumbro: aislarme acústicamente en el metro con los cascos puestos (entended que no me guste emplear el móvil como equipo de música para que lo escuche todo el vagón, como he tenido ocasión de comprobar con cierta gente que pulula por el suburbano -ejem, chonis-)

Y estará mal que lo diga, pero consigue distraerme más que leer, al menos estas últimas semanas. Para mí, la música es un simple instrumento por el que me valgo para obtener algo, en este caso evasión; lo que en otros ambientes llamarían droga sin andarse tanto por las ramas, que para el caso es lo mismo.

No sé si se me pasará pronto esta etapa. Puede que el día menos pensado me dé por escoger un libro y volver a la rutina. Quién sabe.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Una de terror

Supongo que nos habrá pasado a mucha/os que una tarde no hay ningún plan. Bueno, más bien es que no apetece ningún plan que implique salir de casa. Es entonces cuando me propongo adecuar el salón para una tarde de cine: cojines, palomitas, la persiana bajada, agua y refrescos... y la tarde perdida en escoger la película.


Porque la elección muchas veces depende de cómo tenga el día; hay tardes que me apetece una comedia, o una de intriga, otras me apetece más un clásico o una obra maestra del Séptimo Arte, a veces me pongo una de acción y aventuras, y de vez en cuando escojo una de carácter intimista o independiente.

Pero hay tardes que el cuerpo me pide una de miedo. Y si al final veo una que no es de miedo, me quedo con las ganas.

Además, escoger una de terror tiene su dificultad, porque encontrar una que sea buena o al menos no demasiado mala es complicado. La inmensa mayoría son un bodrio infumable en cuanto a director y actores se refiere, y eso sin meterme a analizar los guiones (palabra la cual prefiero emplear en plural para no incurrir en falta ortográfica según la RAE por mi enquistada costumbre a tildarla)

Y hoy es una de esas tardes. Sí, lo siento, no me ha invadido todavía el espíritu navideño. Ya lo saturé el otro día cuando emitieron "The Holiday (Vacaciones)" y me la vi por decimoquinta vez, porque me encanta. Pero hoy no, hoy me apetece una de miedo.


¿Cuál ha sido la que más os ha impactado? ¿La que os dejó con la piel de gallina? ¿La que, tras días de haberla visto, os seguía atormentando? Dadme ideas, que prometo vérmelas ;)

lunes, 31 de octubre de 2011

La Santa Compaña

En septiembre llegué de Galicia con una extraña sensación.

Alguien como yo, acostumbrada sumamente a llamar verano al verano, se siente desorientada cuando arriba a una tierra donde día sí, día no, amanece nublado, con un sol incierto y dudoso de su propia existencia. Eso le lleva a una inexorablemente a preguntarse por la veracidad del resto de lo que la rodea.

Pero había una cosa que me hacía sentir como si estuviera en mi pueblo de Cáceres; algo que, en antítesis, me hacía palpar la realidad: el constante recordatorio de la Santa Compaña, el "memento mori".


Al contrario de lo que mucha gente cree, no es una tradición exclusivamente gallega, sino que atañe también a Asturias, León, Zamora, Salamanca y por último, Cáceres.

A poco que indaguéis en la omnisciente Wikipedia, ésta os dirá que en Asturias la llaman Güestia, en León, la Huéspeda o hueste de ánimas; en Zamora la cosa se reduce a una mujer llamada Estadea; en Salamanca, la Estantigua y ya llegando a las Hurdes, Corteju de Genti de Muerti. Pero en mi pueblo no se andan con particularidades: La Santa Compaña, que nos entendemos todos.

lunes, 24 de octubre de 2011

A veces, la desidia

Iba a comenzar la entrada con una pregunta, pero me pareció tan obvia que directamente la voy a plantear como afirmación:

A todas/os nos ha pasado. Tenemos que actualizar algo (cámbiese "actualizar" por cualquier otro verbo) pero lo vamos dejando, dejando y dejando...

A mí me ocurre a menudo con multitud de quehaceres fútiles. Considero que tengo otras preocupaciones de mayor importancia, que requieren por tanto una mayor dedicación, pero lo cierto es que la mayoría de las veces PIERDO EL TIEMPO en cualquier otra nimia afición, véase mirar páginas "chorras" a la par que entretenidas (siendo inversamente proporcional lo divertido de esas páginas con su nulo provecho intelectual o tangible)

Conclusión: al final dejo sin terminar lo de mayor relevancia, y sin empezar lo de trascendencia menor.

Pero hay ocasiones en que no existe ninguna excusa para explicar la demora. Es simple y llana desidia.

Pereza, hastío y tedio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Confessions on the book floor

Sé que la mayoría de las veces mis entradas tratan sobre libros y literatura varia, aunque suelo hablar más de clásicos. De aquellas obras que se tienen por referencia obligada, por cúlmenes de la literatura universal y/o española; y que pocas veces os he hablado sobre novelas más o menos recientes.

Pero ¿por qué esa aversión hacia obras actuales? Porque efectivamente debo admitir que si me pusieran delante una obra famosa de antes de mediados del s.XX y otra actual o de 10 años atrás, escogería la primera. Por inercia.

Supongo que ese misoneísmo es una consecuencia de la falta de tiempo (entre otras cosas) Porque siempre he pensado que una vida tan corta no se puede emplear en leer algo que, una vez terminado, no haya merecido la pena. Y porque sé que una obra cumbre, a priori nunca debería defraudarme; ya está lo suficientemente catalogada, analizada y alabada como para que me falle (aunque alguna vez me ha pasado) Al margen de que éstas son demasiadas, tantas que me angustia la idea de perderme algún texto consagrado, alguna pequeña maravilla.

Pero a cualquiera que me dijese que también en las últimas décadas del s.XX hasta ahora se han escrito libros buenísimos, con excelentes críticas, le daré la razón. Esos los tengo anotados en la cola de mi lista, pero en la lista al fin y al cabo.

Sí, hoy no os traigo ningún libro concreto, ni ningún tema científico-artístico-misterioso-lo-que-sea.
Hoy he querido reflejar un pensamiento, una autocrítica, algo de carácter más intimista, a pesar de que no sé cuántas personas leerán esto. Porque, voy a ser franca: escribir un blog es una afición ardua, entregada... y muy poco reconocida en la mayoría de los casos. Y más cuando trato temas un tanto atípicos, que desconozco si atraen o no al gran público (aunque puedo intuirlo)

viernes, 14 de octubre de 2011

"Lasciate Ogne Speranza, Voi Ch'Intrate..."

"Perded toda esperanza los que aquí entráis..."


Éste es el famoso verso que hace grabar Dante en las puertas del infierno, en su Divina Comedia, y es también uno de los versos que puedo recordar de la multitud que puebla el inquietante libro de José Carlos Somoza: La Dama Número Trece.

Una novela que me absorbió enseguida. Demasiado atípica, demasiado desconcertante, demasiado ¿real?


A medida que se adentra una en la trama, si se consiguen olvidar las leyes de la física que rigen nuestro día a día, todo parece posible. Al fin y al cabo, hoy por hoy no tenemos una explicación razonable para todo.


No es una obra maestra, pero se lee con agilidad y entretiene muchísimo. Incluso, si se es lo suficientemente sugestionable, puede que alguna escena inspire miedo o cuanto menos desasosiego.

lunes, 10 de octubre de 2011

Un universo en forma de rosquilla

"Homer, esa teoría con un universo en forma de rosquilla resulta interesante. Quizás se la plagie."

Soy fan de Los Simpsons. Aunque los repitan una y otra vez, los capítulos de las antiguas temporadas me siguen pareciendo divertidísimos y me rio igual que si no los hubiera visto nunca. Por eso, a fuerza de vérmelos una y otra vez, me sé hasta los diálogos.

Éste concretamente es de un capítulo de los antiguos en el que hace una aparición estelar (y nunca mejor dicho) Stephen Hawking, el famoso físico teórico que luego devino en cosmólogo.