miércoles, 4 de enero de 2012

Sugestión

Hace unas cuantas entradas os comentaba que, de vez en cuando, retomaba contados libros. Pues es el caso. He vuelto a coger "El Club Dumas" y me ha enganchado como las otras cuatro veces que me lo he leído. De hecho, como me lo releo espaciado en el tiempo, me asombra cómo soy capaz de olvidar detalles importantes de la trama, y por lo tanto sorprenderme nuevamente con ellos. Como si fuera la primera vez.


Por eso me encanta; por eso y porque este libro en concreto contiene una importante e interesante "base de datos" de lectura: aporta un buen número de títulos clásicos a los que echar mano en caso de duda existencial frente a las estanterías de la biblioteca cuando no se sabe muy bien cuál coger.

Pero el aspecto que más me atrae del libro es, como no, el misterio. Y no me refiero a misterio como a sinónimo de intriga, que también, sino como a sinónimo de arcano. Lo mejor de todo es que el autor (y por tanto el protagonista) es un descreído en este campo. Se afana en aclarar y argumentar que nada de carácter preternatural tiene cabida en una mente racional... y a pesar de ello, introduce al lector poco a poco y sin remedio en un ambiente siniestro de hechos poco explicables.

martes, 3 de enero de 2012

Fragmentos

¿No os ha pasado alguna vez que sentís un impulso irrefrenable de volver a leer una parte de un libro?
No el libro entero, sino un capítulo concreto, un párrafo, un soneto...

Últimamente me ocurre muy a menudo. Me hablan de un viaje en tren y me apetece leer un capítulo de El Club Dumas que transcurre en un coche-cama. Echo un vistazo a un artículo sobre un descubrimiento arqueológico en Italia y se me antoja releerme el inicio de Quimaira, de Valerio Massimo Manfredi. Tengo que examinarme de una prueba oficial de inglés y me entran ganas de ojear un "bookworm" sobre Drácula de Bram Stoker...

Pero sólo eso, un fragmento. Busco disfrutar, saborear figuradamente esas páginas contadas, dónde sé que satisfaré mi deseo, pero sin necesidad de sumergirme por completo en la trama.
Se trata de algo superficial e inmediato. Y a otra cosa.

También me sucede con las películas, sólo me vaga ver una determinada escena. No necesito hacer palomitas, ni servirme un refresco, ni demás parafernalias. Sólo buscar el momento exacto en que esa secuencia empieza y verla una vez, dos, las que me dé la gana.

Me seduce no estar supeditada a la obligación preconcebida de empezar algo por el principio y tener que terminarlo.

En ocasiones, me apetece escribir una entrada corta en el blog, sin preocuparme por ilustrarla con alguna imagen. Únicamente comentar un pensamiento pasajero.


A veces es mejor una pequeña dosis de placer que acabar saciada.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Disparando a Larra

Tras casi un mes sin publicar, he de seros sincera, la convalecencia no es que me haya permitido hacer gran cosa; pero sí hubo una que merece especial mención.
Hace un tiempo participé en un concurso de microrrelatos promovido por el Museo del Romanticismo, y como premio, organizaron una visita guiada privada a puerta cerrada.
La actividad del museo desde que reabrieron (tras casi 8 años de rehabilitación) se ha ampliado con una oferta muy variada: desde talleres infantiles hasta conciertos de música clásica y pop, incluyendo la celebración de la Semana Gótica de Madrid, tertulias en su café y exposiciones temporales.
Ya había estado en el museo a finales del verano, pero esta vez me envolvió una sensación distinta, más decimonónica: una mezcla entre "Cuento de Navidad" de Charles Dickens y "El Estudiante de Salamanca" de José de Espronceda. Sí, algo extraño.
El guía detalló cada estancia, contó anécdotas desconocidas de muchos objetos y de sus propietarios mientras se escuchaba a una soprano cantar en el salón de baile junto al arpa.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Escape

¿Alguna vez os ha ocurrido que no tenéis ánimos para leer ningún libro?

Llevo casi dos semanas desde que me terminé el último, El asombroso viaje de Pomponio Flato, y no me ha dado por coger ningún otro. Es como si me hubiese saturado de libros en lo que llevo de año y necesitara hacer un descanso, alejarme de toda palabra escrita que ocupe más de 200 páginas.

Me resulta curioso, cuando no preocupante, puesto que tengo una lista de libros pendientes que me acucia día tras día. Pero cuando me acerco de nuevo a las estanterías cuajadas de libros que hay en mi casa, instintivamente se me va la mano detrás de algunos que ya he leído hace relativamente poco, dos años a lo sumo. Entonces me digo que para volverlos a abrir, prefiero no leer y así escucho música.

 
De modo que me encuentro a mí misma haciendo algo insólito para lo que acostumbro: aislarme acústicamente en el metro con los cascos puestos (entended que no me guste emplear el móvil como equipo de música para que lo escuche todo el vagón, como he tenido ocasión de comprobar con cierta gente que pulula por el suburbano -ejem, chonis-)

Y estará mal que lo diga, pero consigue distraerme más que leer, al menos estas últimas semanas. Para mí, la música es un simple instrumento por el que me valgo para obtener algo, en este caso evasión; lo que en otros ambientes llamarían droga sin andarse tanto por las ramas, que para el caso es lo mismo.

No sé si se me pasará pronto esta etapa. Puede que el día menos pensado me dé por escoger un libro y volver a la rutina. Quién sabe.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Una de terror

Supongo que nos habrá pasado a mucha/os que una tarde no hay ningún plan. Bueno, más bien es que no apetece ningún plan que implique salir de casa. Es entonces cuando me propongo adecuar el salón para una tarde de cine: cojines, palomitas, la persiana bajada, agua y refrescos... y la tarde perdida en escoger la película.


Porque la elección muchas veces depende de cómo tenga el día; hay tardes que me apetece una comedia, o una de intriga, otras me apetece más un clásico o una obra maestra del Séptimo Arte, a veces me pongo una de acción y aventuras, y de vez en cuando escojo una de carácter intimista o independiente.

Pero hay tardes que el cuerpo me pide una de miedo. Y si al final veo una que no es de miedo, me quedo con las ganas.

Además, escoger una de terror tiene su dificultad, porque encontrar una que sea buena o al menos no demasiado mala es complicado. La inmensa mayoría son un bodrio infumable en cuanto a director y actores se refiere, y eso sin meterme a analizar los guiones (palabra la cual prefiero emplear en plural para no incurrir en falta ortográfica según la RAE por mi enquistada costumbre a tildarla)

Y hoy es una de esas tardes. Sí, lo siento, no me ha invadido todavía el espíritu navideño. Ya lo saturé el otro día cuando emitieron "The Holiday (Vacaciones)" y me la vi por decimoquinta vez, porque me encanta. Pero hoy no, hoy me apetece una de miedo.


¿Cuál ha sido la que más os ha impactado? ¿La que os dejó con la piel de gallina? ¿La que, tras días de haberla visto, os seguía atormentando? Dadme ideas, que prometo vérmelas ;)

lunes, 31 de octubre de 2011

La Santa Compaña

En septiembre llegué de Galicia con una extraña sensación.

Alguien como yo, acostumbrada sumamente a llamar verano al verano, se siente desorientada cuando arriba a una tierra donde día sí, día no, amanece nublado, con un sol incierto y dudoso de su propia existencia. Eso le lleva a una inexorablemente a preguntarse por la veracidad del resto de lo que la rodea.

Pero había una cosa que me hacía sentir como si estuviera en mi pueblo de Cáceres; algo que, en antítesis, me hacía palpar la realidad: el constante recordatorio de la Santa Compaña, el "memento mori".


Al contrario de lo que mucha gente cree, no es una tradición exclusivamente gallega, sino que atañe también a Asturias, León, Zamora, Salamanca y por último, Cáceres.

A poco que indaguéis en la omnisciente Wikipedia, ésta os dirá que en Asturias la llaman Güestia, en León, la Huéspeda o hueste de ánimas; en Zamora la cosa se reduce a una mujer llamada Estadea; en Salamanca, la Estantigua y ya llegando a las Hurdes, Corteju de Genti de Muerti. Pero en mi pueblo no se andan con particularidades: La Santa Compaña, que nos entendemos todos.

lunes, 24 de octubre de 2011

A veces, la desidia

Iba a comenzar la entrada con una pregunta, pero me pareció tan obvia que directamente la voy a plantear como afirmación:

A todas/os nos ha pasado. Tenemos que actualizar algo (cámbiese "actualizar" por cualquier otro verbo) pero lo vamos dejando, dejando y dejando...

A mí me ocurre a menudo con multitud de quehaceres fútiles. Considero que tengo otras preocupaciones de mayor importancia, que requieren por tanto una mayor dedicación, pero lo cierto es que la mayoría de las veces PIERDO EL TIEMPO en cualquier otra nimia afición, véase mirar páginas "chorras" a la par que entretenidas (siendo inversamente proporcional lo divertido de esas páginas con su nulo provecho intelectual o tangible)

Conclusión: al final dejo sin terminar lo de mayor relevancia, y sin empezar lo de trascendencia menor.

Pero hay ocasiones en que no existe ninguna excusa para explicar la demora. Es simple y llana desidia.

Pereza, hastío y tedio.