lunes, 31 de octubre de 2011

La Santa Compaña

En septiembre llegué de Galicia con una extraña sensación.

Alguien como yo, acostumbrada sumamente a llamar verano al verano, se siente desorientada cuando arriba a una tierra donde día sí, día no, amanece nublado, con un sol incierto y dudoso de su propia existencia. Eso le lleva a una inexorablemente a preguntarse por la veracidad del resto de lo que la rodea.

Pero había una cosa que me hacía sentir como si estuviera en mi pueblo de Cáceres; algo que, en antítesis, me hacía palpar la realidad: el constante recordatorio de la Santa Compaña, el "memento mori".


Al contrario de lo que mucha gente cree, no es una tradición exclusivamente gallega, sino que atañe también a Asturias, León, Zamora, Salamanca y por último, Cáceres.

A poco que indaguéis en la omnisciente Wikipedia, ésta os dirá que en Asturias la llaman Güestia, en León, la Huéspeda o hueste de ánimas; en Zamora la cosa se reduce a una mujer llamada Estadea; en Salamanca, la Estantigua y ya llegando a las Hurdes, Corteju de Genti de Muerti. Pero en mi pueblo no se andan con particularidades: La Santa Compaña, que nos entendemos todos.

lunes, 24 de octubre de 2011

A veces, la desidia

Iba a comenzar la entrada con una pregunta, pero me pareció tan obvia que directamente la voy a plantear como afirmación:

A todas/os nos ha pasado. Tenemos que actualizar algo (cámbiese "actualizar" por cualquier otro verbo) pero lo vamos dejando, dejando y dejando...

A mí me ocurre a menudo con multitud de quehaceres fútiles. Considero que tengo otras preocupaciones de mayor importancia, que requieren por tanto una mayor dedicación, pero lo cierto es que la mayoría de las veces PIERDO EL TIEMPO en cualquier otra nimia afición, véase mirar páginas "chorras" a la par que entretenidas (siendo inversamente proporcional lo divertido de esas páginas con su nulo provecho intelectual o tangible)

Conclusión: al final dejo sin terminar lo de mayor relevancia, y sin empezar lo de trascendencia menor.

Pero hay ocasiones en que no existe ninguna excusa para explicar la demora. Es simple y llana desidia.

Pereza, hastío y tedio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Confessions on the book floor

Sé que la mayoría de las veces mis entradas tratan sobre libros y literatura varia, aunque suelo hablar más de clásicos. De aquellas obras que se tienen por referencia obligada, por cúlmenes de la literatura universal y/o española; y que pocas veces os he hablado sobre novelas más o menos recientes.

Pero ¿por qué esa aversión hacia obras actuales? Porque efectivamente debo admitir que si me pusieran delante una obra famosa de antes de mediados del s.XX y otra actual o de 10 años atrás, escogería la primera. Por inercia.

Supongo que ese misoneísmo es una consecuencia de la falta de tiempo (entre otras cosas) Porque siempre he pensado que una vida tan corta no se puede emplear en leer algo que, una vez terminado, no haya merecido la pena. Y porque sé que una obra cumbre, a priori nunca debería defraudarme; ya está lo suficientemente catalogada, analizada y alabada como para que me falle (aunque alguna vez me ha pasado) Al margen de que éstas son demasiadas, tantas que me angustia la idea de perderme algún texto consagrado, alguna pequeña maravilla.

Pero a cualquiera que me dijese que también en las últimas décadas del s.XX hasta ahora se han escrito libros buenísimos, con excelentes críticas, le daré la razón. Esos los tengo anotados en la cola de mi lista, pero en la lista al fin y al cabo.

Sí, hoy no os traigo ningún libro concreto, ni ningún tema científico-artístico-misterioso-lo-que-sea.
Hoy he querido reflejar un pensamiento, una autocrítica, algo de carácter más intimista, a pesar de que no sé cuántas personas leerán esto. Porque, voy a ser franca: escribir un blog es una afición ardua, entregada... y muy poco reconocida en la mayoría de los casos. Y más cuando trato temas un tanto atípicos, que desconozco si atraen o no al gran público (aunque puedo intuirlo)

viernes, 14 de octubre de 2011

"Lasciate Ogne Speranza, Voi Ch'Intrate..."

"Perded toda esperanza los que aquí entráis..."


Éste es el famoso verso que hace grabar Dante en las puertas del infierno, en su Divina Comedia, y es también uno de los versos que puedo recordar de la multitud que puebla el inquietante libro de José Carlos Somoza: La Dama Número Trece.

Una novela que me absorbió enseguida. Demasiado atípica, demasiado desconcertante, demasiado ¿real?


A medida que se adentra una en la trama, si se consiguen olvidar las leyes de la física que rigen nuestro día a día, todo parece posible. Al fin y al cabo, hoy por hoy no tenemos una explicación razonable para todo.


No es una obra maestra, pero se lee con agilidad y entretiene muchísimo. Incluso, si se es lo suficientemente sugestionable, puede que alguna escena inspire miedo o cuanto menos desasosiego.

lunes, 10 de octubre de 2011

Un universo en forma de rosquilla

"Homer, esa teoría con un universo en forma de rosquilla resulta interesante. Quizás se la plagie."

Soy fan de Los Simpsons. Aunque los repitan una y otra vez, los capítulos de las antiguas temporadas me siguen pareciendo divertidísimos y me rio igual que si no los hubiera visto nunca. Por eso, a fuerza de vérmelos una y otra vez, me sé hasta los diálogos.

Éste concretamente es de un capítulo de los antiguos en el que hace una aparición estelar (y nunca mejor dicho) Stephen Hawking, el famoso físico teórico que luego devino en cosmólogo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

¿Me retiro?

Por si alguien lo duda cuando lea la siguiente entrada, la fecha en que la redacté no se corresponde con aquélla en la que la publico.

Para situarles, les diré que es de hace un año largo, allá por las calendas de octubre de 2010, cuando escribía en otro blog de idéntico nombre, en la web de una revista que no mentaré.
De modo que les rogaría que se retrotrajeran a esos días de finales del veranillo de San Miguel, que no eran muy distintos a estos de canícula que estamos viviendo ahora.

"Lo reconozco, aun temiendo que a alguien le fastidie: acabo de regresar de mis vacaciones.

martes, 4 de octubre de 2011

Recuerde el alma dormida

Tengo un problema. Empieza a mosquearme seriamente que a nadie le pase lo mismo que a mí cuando veo o leo algo que me agrada, esto es, que me sube un cosquilleo (ciertamente placentero) por toda la espina dorsal. Eso me pasa.

¿Tan raro es que se te pongan los pelos de punta, la piel de gallina? Hasta ahora en mi encuesta no científica el 100% afirma que esta reacción se desencadena al escuchar los acordes de algunas de sus canciones preferidas.

Y ya. Pare usted de contar, porque el resto de opciones que me planteaban se circunscribían al plano "senso-erótico" (ya sabéis, que si caricias y arrumacos) cuando yo lo que buscaba era precisamente lo contrario, que dicha sensación fuera psicosomática, es decir, sin necesidad de contacto humano. Protagonismo absoluto para todo lo captado por los otros 4 sentidos.

Y claro, a la conclusión de que se puede obtener a través de la música ya había llegado yo. Lo que empieza a ser extraño es que también lo experimente leyendo determinadas poesías. Y me pasa en concreto con un poema que fomenta el metro, gracias a mi no disposición de vehículo propio.